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domingo, 29 de mayo de 2011

Dale la vuelta

Dale la vuelta

Cuando tenemos roces en nuestras relaciones, el que sale maltrecho es nuestro ego. Es la única parte de nosotros que puede ser vulnerada.

Lo más fácil, es huir del dolor y también de la relación que nos incomoda, pero si estamos en un camino de evolución personal o crecimiento, esa actitud no nos satisfará, al contrario, nos dejará una sensación inquieta como de que hemos dejado de hacer algo importante.
La sensación incómoda casi siempre se va a sentir en el plexo solar, con visos de cierta ansiedad.

Si se es muy mental, el calor en la cara y el enojo aparecerán con la clara llamada al orgullo herido.

Nadie puede dañarnos si nosotros no lo dejamos

Esta frase muy reptida en los temas de crecimiento personal, viene ahora ni que pintada.

¿Qué quiere decir exactamente?

Que somos nosotros los que dejamos que la emoción, actitud y palabras de los demás hagan mella en nuestro supuesto esquema de autovaloración.

Estamos dando más poder e importancia al otro, que a nuestro ser interno.

Veamos:
Si un niño se acercara a nosotros y nos insultara ¿Cómo reaccionaríamos?
Lo más probable es que o no le hiciéramos caso, o nos sonrieramos o sencillamente tal vez intentáramos conversar con él para averiguar cual era el motivo de sus palabras.

¿Qué ocurre cuando es un adulto y nos hace lo mismo?

Queremos a toda costa hacerle “tragar sus palabras” que rectifie “inmediatamente lo dicho” que “nos pida perdón por la ofensa recibida”

Si estamos verdaderamente conectados con nuestro ser, sin darnos a nosotros mismos ni más ni menos importancia de la que en realidad tenemos, las actitudes molestas de nuestros semejantes nos tienen que dejar de la misma manera que actuamos delante de un niño.

Las personas que actúan por reacción, no están viviendo verdaderamente desde su interior, sino que actúan al estímulo externo.

Bien sea a la alabanza como al insulto.

Mientras no seas capaz de vivir desde tu interior, “necesitarás” de esos estímulos para aprender a situarte en conexión directa contigo mismo.

La próxima vez que te encuentres con un adversario, comprende que es una oportunidad,
DALE LA VUELTA

Maria Dolors

jueves, 27 de enero de 2011

Relajarse para rendir más


Relajarse para rendir más

Una  de mis diversiones favoritas es observar a los gatos, por suerte tengo a mi alrededor unos 6 y a veces hasta 8, no es que vivan conmigo, pero digamos que son visitantes habituales de mi jardín. ¿Os habéis fijado cómo cazan? Pueden estar horas completamente relajados, acechando y sin perder de vista  su presa y en cuanto Ésta da señales de vida tensan su cuerpo en la justa medida para el ataque. Pero entretanto, controlan y administran su tensión sin malgastar energía.

De eso quisiera hablar, de las tensiones a las que sometemos nuestro cuerpo y mente, la mayoría de las veces de forma totalmente innecesaria y lo que es peor inútilmente! Cuando tensamos todo nuestra masa muscular a causa de estrés o de situaciones que nos ponen en situación de alerta, sometemos a nuestro cuerpo a un desgaste considerable de energía, amén de una aceleración de los latidos del corazón con el consiguiente perjuicio para el mismo, sin conseguir que esta tensión nos sirva para disponer de más atención, más rapidez mental, ni más capacidad defensiva, claro está si no estamos en una situación de emergencia física, como pudiera ser un atraco o cualquier tipo de accidente con riesgo físico, que no es el caso. Me refiero a las situaciones cotidianas de nuestra vida actual, porque evidentemente nosotros ya no cazamos para comer. Sin embargo hemos heredado esta tendencia y actitud del pasado, como si nos fuera útil en nuestro mundo actual.



Esta mañana he recibido una llamada telefónica de alguien que deseaba convencerme de algo en lo que estoy completamente en desacuerdo, he observado que al principio no sólo me he puesto tensa, sino que empezaba a enfadarme a causa de la ansiedad que en forma de respiración alta, rápida y superficial me atenazaba; en cuanto me he dado cuanta, me he tomado unos segundos para retomar mi respiración y hacerla más profunda y lenta (he aprovechado que mi interlocutor seguía hablando sin parar) y he comprendido que la persona en cuestión no era un enemigo, ni nadie que me fuese agredir con un arma, simplemente era una persona que intentaba con toda su capacidad dialéctica y de convicción, llevarme a su terreno y convencerme.

En cuanto me he tranquilizado, he hecho lo que hacen los gatos, relajarme pero con toda mi atención puesta en cada una de las palabras que me decía, ocasionalmente emitía alguna pregunta, lo que me daba la oportunidad de seguir escuchando y dejar que el otro me fuese dando información valiosísima para confirmar, en este caso, todavía más si cabía, mi postura ante el tema.

Respetando en todo momento el punto de vista del interlocutor, he ido repitiendo y repitiendo que “comprendía su punto de vista” pero no lo “compartía”. Finalmente nos hemos despedido cortésmente y “cada uno con la suya”

Os invito a que la próxima vez que os encostréis en una situación confrontativa o de discusión, probéis a relajaros, centraros en lo posible en la respiración, y escuchéis más a vuestro oponente (hablando menos, ganáis más tiempo para pensar) seguro que sacareis conclusiones más esclarecedoras y podréis rebatir, rechazar o sencillamente expresar vuestra postura con toda la tranquilidad, discernimiento y serenidad a vuestro alcance.


 Maria Dolors









domingo, 16 de enero de 2011

Incoherencias



Incoherencias

He observado en muchas ocasiones gestos, actitudes emocionales e incluso algún comentario  no correspondiente a la situación que se está viviendo.

Por ejemplo: en un encuentro con una vecina, que al parecer se “interesaba” por el estado de salud de mi esposo, tras una intervención quirúgica.Después de informarla de su estado y al hacer el intento de preguntarme cómo estaba yo con todo ello, sin que yo a penas hubiese abierto la boca, comentó con aire jocoso “ ¿Y tú, aguantando verdad?" Acompañándolo de una carcajada.

Creo que fue la primera vez en mi vida que fui capaz de preguntar directamente, qué es lo que le parecía tan gracioso ¿Mi aguante? O la intervención quirúrgica… o ¿qué?

La vecina, se quedó un tanto sorprendida e inmediatamente buscó la razón de su reacción sin encontrar una explicación lógica.
La única que le pareció aceptable, fue decirme que seguramente si ella estuviese viviendo mi experiencia, procuraría hacerlo con humor.
Un argumento sin peso y lo que es peor, con intento de “suplantación de mi vivencia” ya que nadie que no viva una experiencia puede suponer cómo sería vivirla, y mucho menos cómo lo vive otra persona.

Es un ejemplo vivido en primera persona, pero lo que quiero plantear aquí, es la cantidad de veces en las que nos vemos inmersos en conversaciones en las que nuestros interlocutores o tal vez nosotros mismos, las acompañamos de reacciones emocionales o gestos incoherentes.

En otra ocasión, encontré en la calle a una conocida, que estaba pasando por el proceso de una larga enfermedad. Me interesé por su estado y para mi sorpresa, me dio una larga explicación, acompañándola con una inmensa sonrisa en la boca.  ¿Acaso la hacía feliz estar enferma? Oh, se sentía feliz al poderla compartir… o ¿Cuál era el motivo de su expresión facial?

¿A qué se deben estas incoherencias?

Ante algo triste ¿sonreír?
Ante un buen logro ¿minusvalorar?
Ante un éxito ¿minimizar
Ante un obsequio, ¿bromear sobre su valor?
Entre otras muchas.

Y lo más importante, ¿Por qué no somos capaces de encarar?

Creo que sería realmente enriquecedor para todos, que ante una  actitud incoherente, preguntemos, con tranquilidad, sin carga emocional, el motivo de ésta.

La resolución de la incoherencia, aportará conexión profunda entre los interlocutores, ya que ambos podrán “darse cuenta” de la procedencia de ésta.

Maria Dolors Pozo



domingo, 5 de diciembre de 2010

Impaciencia - las prisas


A veces la impaciencia se apodera de mi, o mejor dicho me impaciento; esto me sucede especialmente cuando espero la llegada del autobús, o aguardo mi turno a la espera de pagar mi cuenta en el supermercado.

Muchas veces he reflexionado sobre el extraño comportamiento de mi “paciencia”. A veces elaboro con mimo y dedicación labores de aguja que casi me dejan ciega, en las que contar lo hilos diminutos de un sutil tejido, parecería la más minuciosa de las tareas y en la que la única arma posible, a parte de la muy discutida destreza, sería sin duda la “paciencia”.

¿Cómo es entonces que la pierda con tanta facilidad en otras situaciones?
Se me ocurre que tal vez, uno de los motivos podría ser la idea descabellada de que mientras “espero” no “laboro”, es decir mientras no puedo dedicar mi tiempo a nada productivo, entro en la sensación de “pérdida de tiempo”.

Si fuese así, estaría de nuevo saliéndome del vivir en presente lo que me sucede y al instalarme en el futuro (supuestamente productivo) compararía la situación y la real, la que estoy viviendo, quedaría minusvalorado y por ende la viviría como perjudicial y  de ahí la pérdida de la valiosa “ciencia de la paz”, o sea paciencia.

Una vez más, la mente, especialmente la programa, la que dejo que actúe sin conciencia, me empuja hacia el desprecio de lo que está sucediendo, presuponiendo e imaginando que existe otra situación mejor que la que estoy viviendo; sin embargo si sencillamente me entregase por completo, sin juicio, a lo que vivo, no habría posibilidad de frustración, simplemente estaría viviendo al completo el presente, extrayendo de él, sin apenas esperarlo mucho más de lo que en principio podría parecer. Si tomamos por ejemplo la fila de gente que espera para pagr en el supermercado, estando conectada totalmente con todo mi yo, podría observar lo que sucede en el entorno, como si todo fuese por primera vez, de hecho lo es; ya que nunca antes viví ese momento. El entorno, las personas, lo que percibo en su proximidad, los objetos, así cómo me siento yo misma allí.

Mª Dolors Pozo

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pensamientos obsesivos o repetitivos

Pensamientos obsesivos o repetitivos

¿Quién no ha vivido una situación en la que no se puede quitar de la cabeza una conversación mantenida con otra persona que  nos dejó insatisfechos?,
 
Entonces a solas, damos vueltas a la conversación y entramos en un diálogo interior en el que nos decimos: “tendríamos que haber dicho esto y aquello y lo demás allá”. En ocasiones nos recriminamos por habernos quedados bloqueados o incluso aparece cierta sensación de humillación por no haber “dado la talla”,… pero no conseguimos salir de ahí.

El motivo, es por que intentamos solucionar el problema utilizando lo mismo que lo ocasionó, no buscamos contemplar el suceso desde otra perspectiva,

Ante esta situación podemos preguntarnos: ¿Exactamente, que es lo que he dejado de manifestar? ¿A qué emoción o sentimiento corresponde? ¿Qué necesidad personal he obviado o relegado?

Un buena manera de intentar descifrar que se hay detrás de este comportamiento sería intentar recordar ocasiones similares en las que hemos reaccionado de la misma manera y comprobar que las situaciones se van repitiendo y casi siempre siguen un mismo patrón. Podrían corresponder a una falta de hábito en expresar nuestras necesidades o nuestros sentimientos y una tendencia a posponerlos o dar preponderancia al punto de vista contrario, muchas veces por un sentimiento escondido de falta de merecimiento. O tal vez a un aprendizaje hecho en la infancia en el que se nos instó a no confrontar, es decir a “agradar”, “obedecer” y  “dar la razón” y sería un “mensaje” interiorizado de no discutas: obedece, no preguntes, no pienses, tú no sabes nada, no te atrevas a ser tú, etc.

En nuestra vida adulta podemos repetir ese mismo patrón, olvidándonos de lo que sentimos y en muchas ocasiones cuestionándonos internamente si es “razonable” que nos sintamos de esa manera. Lo que sentimos no es ni razonable ni irracional, sencillamente ES. Y es importante que como primer paso, aceptemos la emoción que sintamos, sin cuestionarla o determinar que tal vez no sea “adecuada” o “a proporción”. Si la sentimos, tenemos todo el derecho a respetarla y manifestar que nos sentimos de esa manera. Asumiendo que es lo que sentimos nosotros ante lo que estamos experimentado, es decir sin recriminar la situación o las personas. Si no, que ante lo que se está vivenciando, uno se siente ASI.

Para poder expresar lo que sentimos es necesario e imprescindible que lo conozcamos, que sepamos como es nuestro mapa emocional qué tendencias emocionales tenemos. Tarea que se presenta difícil en una sociedad en la que se da preponderancia a la mente o pensamiento, dejando  el sentir, las emociones y los sentimientos relegados e ignorados; causando una auténtica ignorancia o confusión ante lo que realmente sentimos. Esto se pone especialmente de manifiesto en personas cuya educación fue sistemáticamente inhibidora de sus emociones a las que se le enseñó a obedecer o complacer a los progenitores o educadores sin tregua.

Retomando el enunciado: si en lugar de dar vueltas y “revivir” mentalmente la conversación, la vivencia o la situación que nos tiene “atrapados”, detuviéramos nuestros pensamientos y nos situáramos con las manos sobre el corazón, preguntándonos qué sentimiento, emoción o sensación omitimos en aquella vivencia, a buen seguro lo descubriremos exactamente. Obteniendo una herramienta inestimable para utilizarla en la próxima ocasión, rompiendo los patrones repetitivos y alcanzar a comportarnos con total libertad.

Poniendo luz en nuestra oscuridad interior iniciaremos el camino del equilibrio.

Maria Dolors Pozo

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Automatismos


En un encuentro entre amigas, una cena, me di cuenta de la cantidad de cosas que hacemos automáticamente, por imitación y con ausencia absoluta de conciencia.

Una de las participantes prefirió una tortilla francesa, en lugar de la comida que entre todas habíamos elaborado.
La anfitriona se dispuso a cocinarla y para ello extrajo del compartimento de las sartenes, la que ella solía utilizar para este plato.

Observé con asombro que la sartén en cuestión, era exageradamente grande para una simple tortilla a la francesa, y le pregunté a mi amiga el motivo de utilizar un utensilio tan grande para tan exiguo plato.

Sin inmutarse, me contestó que era la sartén que solía utilizar para las tortillas. Insistí preguntando si también para las tortillas de un solo huevo.

Mi amiga interrumpió la preparación del plato para inquirirme a qué se debía  mi sorpresa.

Le dije  que tenía a su disposición varias sartenes, entre ellas, una de menor tamaño, más idónea para la tortilla.

Visiblemente contrariada, mi amiga me respondió que “esa era la sartén de las tortillas”.

No era mi intención iniciar una discusión absurda sobre las preferencias de las sartenes, pero no acababa de comprender el motivo “real” de esa decisión.

Finalmente, mi amiga, dándose  cuenta de que había algo de lógica en mi observación, reflexionó un momento y me explicó que sencillamente había copiado la costumbre de su madre de utilizar una sartén grande para hacer tortillas.

Ante mi silencio, ella misma llegó a la conclusión:

“¿Sabes?, acabo de comprender que mi madre tenía una sola sartén en la cocina”
-      Pero, ese no es tu caso ¿verdad? - Le dije

La manera de colocar los utensilios de cocina, en el baño o incluso en el armario ropero, suele estar impregnado de aprendizajes infantiles que jamás fueron cuestionados, lo mismo que otras actitudes que nos cuesta cambiar por estar incluidas de manera inamovible en nuestra vida.

Prestar atención a la forma en que nos manejamos en lo cotidiano, nos puede proporcionar una comprensión profunda de la cantidad de hábitos que sencillamente, jamás cuestionamos y que podemos desbaratar, reciclar, mejorar o incluso cambiar completamente en cuanto seamos conscientes.

Lo mismo ocurre en nuestra forma de pensar

¿Cuántos planteamientos  de vida son realmente genuinamente nuestros?

Maria Dolors Pozo

sábado, 6 de noviembre de 2010

Pensar bien, pensar mal

Pensar bien, pensar mal.


El otro día conversando con una amiga,  me contaba que estaba sorprendida porque no podía contactar con un familiar y empezó a explicar que lo más probable es que no quisiera ponerse al teléfono, o que tal vez le hubiera pasado algo terrible, et. Le pregunté cual era la razón de pensar en cosas tan dramáticas y si se había planteado que tal vez estaba muy ocupado o sencillamente deseaba aislarse una temporada sin que eso significase ruptura u olvido. Mi amiga insistía en que eso no era posible, y añadía un sin fin de argumentos que más parecían tema para una novela que algo posible.

Después de este encuentro. caí en la cuenta de la tendencia que tenemos a veces de pensar en el lado malo de las cosas,  de adivinar las “malas intenciones” de los demás, o sencillamente esperar “lo peor”.

¿Os pasado alguna vez? Supongo que si,  todos hemos vivenciado esto ante situaciones importantes en nuestra vida. En las relaciones familiares, de amistad o en definitiva de cualquier índole. Pensamientos de sospecha que nos han empujado a sencillamente  “pensar mal” de alguien “a priori”.

¿Qué es lo que nos empuja, de ambas opciones, a que escoger  la negativa o la peor? ¿el miedo? ¿orgullo, tal vez? ¿Cómo es que en situaciones inusuales, optamos por ese lado tremendista? Realmente, aquel conocido refrán de “Piensa mal y acertarás”, ¿se ha corroborado tanto en nuestras vidas?, o en la mayoría de situaciones en las que nos ha asaltado la duda y después de debatirnos en un montón de imaginarias situaciones, siempre fatalistas, ¿han devenido finalmente en una lógica, natural, totalmente clara explicación y en definitivo con buena resolución?. Seguro que en la mayoría de los casos ha sido lo último ¿Verdad?

Entonces, de ¿dónde surge esta tendencia a desconfiar?

En mi experiencia, he comprobado que muchas veces anticipamos lo negativo en un intento de evitarnos sufrir con lo real y entonces lo que hacemos es sufrir “por adelantado”. Hacemos  algo así como para que “no nos pillen por sorpresa” anticipo el sufrimiento, ya que entonces la frustración causada se nos antoja más doloroso por inesperada.

Y, en vuestra experiencia ¿De donde surge esta reacción?

Si en lugar de anticipar un acontecimiento, bien sea bueno o malo, silenciaramos nuestra mente poniendo freno a nuestra imaginación y  esperásemos a que éstos nos muestren la realidad, sabiendo que en el caso de que ésta fuese adversa, por lo menos, nos habremos ahorrado uno de los dos sufrimientos, además viviríamos la experiencia como única, como lo que es, sin la distorsión que causa la influencia de la imaginación.

Instalarse en el presente nos brinda la oportunidad de afrontar cada experiencia, cada nueva situación, sin el filtro de lo experimentado en el pasado que probablemente nos incitaría a reaccionar de la misma manera conocida, impidiendo afrontar cada nuevo reto con recursos nacidos de nuestro continuo desarrollo personal.

Maria Dolors Pozo

jueves, 21 de octubre de 2010

Cambiar costumbres



 
CAMBIAR COSTUMBRES

¿Cuántas veces nos hemos propuesto cambiar de hábitos? Desde dejar de fumar, iniciar una dieta sana, comprometernos a iniciar un programa de ejercicio físicos a destinar espacio para la lectura, meditación etc.

Sin embargo, es particularmente difícil cambiar una serie de hábitos adquiridos durante años, aunque recurramos a nuestra fuerza de voluntad, cuando ésta, la mayoría de las veces, fluctúa, lo admitamos o no, ya que sin saber muy bien cómo, invariablemente volvemos a nuestra rutina, aunque mentalmente estemos decididos a esos cambios.

Uno de los sistemas más utilizado para incorporar nuevas costumbres, en nuestra vida cotidiana, es ir sustituyendo una costumbre por otra, por ejemplo, si lo que deseamos es eliminar de nuestra dieta los dulces, primero reflexionaremos y analizaremos en qué situaciones o lugar del día existe la mayor tendencia a ingerirlos. Una vez clarificado, procurar sustituirlos por la ingesta de alguna cosa que evite dejar ese hueco, ya que a la larga, al no haber “llenado” ese espacio con un sustituto, automáticante volveremos a caer, en la digamos “tentación” porque no es más que un condicionamiento inconsciente.

Ahora se ha puesto más de moda que nunca (a la fuerza) la necesidad de dejar el tabaco. A parte de la adicción a la nicotina, está la costumbre adquirida de llevarse el pitillo a la boca, especialmente, después de determinados actos durante el día, por ejemplo después de cada ingesta de comida; si ésta costumbre la cambiamos por otra opción, que podría ser una barrita de regaliz, o cualquier alimento de nuestro agrado que se pueda roer, masticar o chupar, será más fácil dejarlo. Cada persona puede encontrar, por sí misma, multitud de sustituciones, como puede ser, levantarse de la mesa inmediatamente y salir a dar un paseo, escribir un diario, hacer un crucigrama, etc. cualquier cosa es válida, mientras sirva para “romper” las costumbres establecidas.

También ayuda, elaborar una lista de hábitos que deseamos erradicar; después, elaborar otra con las nuevas opciones que deseamos incorporar en nuestra vida y finalmente escribir otra que contenga las costumbres perniciosas con las opciones para sustituirlas. Todo esto se plasmará en un cuadro o cartel que situaremos en un lugar visible de la casa.

A medida que vayamos efectuando cambios a través de las sustituciones, es muy positivo e estimulante, escribir esos logros con colores vistosos en el mismo cartel, de este modo enviaremos un mensaje de apoyo a nuestro inconsciente que nos reforzará a seguir en nuestros propósitos.

Hay algunas personas que también optan por escribir notas de recordario para lo que se pretende conseguir, si esta opción os parece interesante, vale la pena tener presente que dichas notas deben estar escritas de forma que refuercen los hábitos o costumbres nuevas. Por ejemplo: “Hoy daré un saludable paseo después de comer” o “Durante el día de hoy optaré por subir las escaleras andando”, etc.

En ningún caso, escribáis notas en las que se diga p.ej. “Hoy no fumaré” o “Durante el día de hoy no comeré dulces”, ya que nuestro inconsciente no entiende las negaciones, e interpretará este mensaje en sentido afirmativo, con lo que os podéis sorprender haciendo justo lo que no deseáis, frustrando totalmente vuestros buenos deseos.

Siguiendo estas pautas se inicia un camino de incorporación de nuevas maneras de hacer en el día a día, y así, en poco tiempo nuestras “nuevas costumbres” las llevaremos a cabo de manera tan automática e inconsciente como las que deseamos abandonar.

Por supuesto que estos son pequeños “trucos”, pero ya sabéis que sin un auténtico y sincero deseo, nada es posible.

Maria Dolors Pozo

martes, 19 de octubre de 2010

Aceptación




ACEPTACION

Muchas veces nos sorprendemos sintiendo enfado con alguien o contra algún acontecimiento de nuestra vida. Inmediatamente solemos entrar en un diálogo interior en el que establecemos una discusión entre diferentes aspectos de lo que nos ha llevado a sentir enfado. Por más que conversemos internamente con nosotros mismos, no llegamos a ninguna parte, porque casi siempre iniciamos la discusión interior desde un intento de encontrar la propia “razón” o como vulgarmente se dice •”salirse con la suya”.

La mayoría de las veces la única razón es la falta de aceptación de lo que ocasionó el disgusto y una reacción por nuestra parte por rechazar justamente eso, LO QUE ES.

Ante esta situación podemos sencillamente hacernos la pregunta ¿Qué es lo que no estoy aceptando?

Si el tema está relacionado con los sentimientos: ¿me cuesta aceptar lo que estoy sintiendo (ira, odio, envidia, etc.)? O ¿Me estoy resistiendo a aceptar el sentimiento del otro?

Aunque parezca increíble, aceptar sencillamente las emociones o sentimientos, nos coloca en una renuncia a la lucha procedente de nuestra mente; que tal vez puede causar dolor, pero jamás conflicto. El auténtico dolor sana porque nos conecta con nuestro interior, con lo genuino y auténtico. Y es sanador porque nos libera del conflicto y de la neura.

Si el tema es sobre un asunto material, también servirá clarificar la parte que no aceptamos. Tal vez sea el punto de visto del otro o que a toda costa deseamos sacar ventaja, o que sencillamente no aceptamos lo que nosotros interpretamos como “perder” y preferimos luchar.

Es importante no confundir ACEPTACION con RENUNCIA. la aceptación surge de la comprensión; en cambio, la renuncia nace de la resignación.

Si analizamos un poco los conflictos de nuestra sociedad, veremos que la mayoría de las veces surgen por una falta de aceptación…. Del derecho a las diferencias, a otras lenguas, otras culturas, etc.

En definitiva ausencia de ACEPTACION.

Poner resistencia ante lo evidente ocasiona un gasto de energía y a un endurecimiento personal que aliena al individuo, alejándole de la fluidez que pide la vida misma.

Maria Dolors Pozo
Terapeuta Gestáltica y Floral
saludygestalt@gmail.com