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viernes, 12 de agosto de 2011

La belleza

 

La  belleza

Berta se disponía a lavar. De las tareas de la casa, esta era un de las que más le gustaba. Se vistió su delantal inmaculado, adoraba ponérselos, para ella era un ritual; cada vez que iniciaba una tarea del hogar se ponía uno, era el único lujo que se podía permitir. Le daba igual si sus zapatillas estaban deslucidas, con hilachos colgando, que ni siquiera se distinguiera su color de lo raídas y viejas que eran. Pero su delantal no, su delantal era limpio, planchado con esmero y mimo.
Entre sus dedos deslizó las cintas y ató el lazo a su cintura, por la espalda, era un placer sensual sencillo: sentir la cinta serpentear por entre sus dedos.
Separó las prendas por colores y llenó el balde de agua, olió con fruición el jabón, le gustaba ese olor mezcla de aceite rancio y sosa, le recordaba su infancia Si,  la vida está hecha de olores se dijo y trajo a su memoria cuando su madre le restregaba las rodillas con un estropajo de esparto untado de jabón verde.
Podía rememorar el escozor que le producía esa limpieza, pero sonrió para sus adentros, recordando como solía ensuciarse con barro. Sintió una punzada en el corazón y recordó a su hijita...
De pronto, oyó el llanto de su niña, venía corriendo arrastrando la cartera del colegio por el suelo. Su corazón dio un brinco en el pecho.
Agachándose la abrazó entre sus brazos: “corazón mío, ¿qué te ocurre? ¿Por qué lloras?” Deslizó su mano por la cabecita y con la punta de su delantal limpió las lágrimas de la niña. Las lágrimas habían dejado dos surcos enmarcados por el polvo del camino.
A Berta le temblaron las piernas, abrazó a su hija sintiendo el dolor de la niña como propio.
“Dime  Flor, que te ha pasado, ¿por qué lloras?” La niña con la respiración entrecortada y haciendo pucheros le dijo: “Mama, en el colegio me llaman fea...” y echó a llorar.
Berta tuvo que reprimir las lágrimas que pugnaban por brotar al comprobar el rechazo de que era objeto su hija y tragando saliva se llevó a la niña de la mano, se sentó en una silla, sentándola en su regazo.
Acariciándole suavemente el pelo, se aclaró la garganta y le dijo: “pequeña mía, ¿qué es belleza o fealdad? Tu  ¿me ves guapa o fea?”
La niña se quedó ligeramente sorprendida y pestañeando “pero mamá, yo te quiero...” .... no sé si eres guapa o fea” y apartándose ligeramente para ver mejor la cara de su madre dijo “mamá, no lo sé, solo sé que te quiero”
Flor estaba confundida, no entendía bien lo que su madre pretendía explicarle.
Berta comprendió lo que pasaba por la cabecita de su hija y prosiguió.
“Hay un tipo de gente, Flor que sólo acepta lo que le es familiar, lo conocido e intentan que todo se parezca e eso, pero mi niña, están equivocados, ¿es bello un elefante si lo comparas con un león?. El elefante es bello en sí mismo, todo es belleza, pero si intentamos que se parezca a un león... entonces es muy feo”. Tú mi vida eres única, la naturaleza te dio un color algo diferente al que la gente de por aquí está acostumbrada, pero eso no significa que seas fea, ni ellos tampoco lo son. Todo, niña mía, todo lo que Dios ha creado es bello, tan sólo el sentido de la comparación que hacen los hombres convierte en aceptable o no, bello o feo al resto de los seres humanos.
Querida Flor, eres aún muy pequeña para tal vez comprender lo que te explico, pero deja que tu corazón se abra y tal vez entiendas mis palabras, no con la capacidad de un adulto que analiza, sino con la comprensión profunda desde el corazón que concede  la verdad auténtica.
La niña estaba embelesada escuchando a su madre, respiró hondo y muy tranquila bajo del regazo, y fue en busca de su muñeca de trapo, la tomó entre los brazos y la besó.
“Mamá, mira mi muñeca no tiene brazos, pero yo la quiero y para mí es muy linda”
Berta dejó que una lágrima rodara por su mejilla, pero era una lágrima de alegría.

María Dolors Pozo
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sábado, 5 de febrero de 2011

Responsabilidad en internet

Responsabilidad en internet


Esta palabra ya de por sí, nos pone serios ¿verdad? ¡uy! Y ¿De que va ahora?, tranqui, respira, tan solo es una reflexión.

Estás leyendo esto en internet y es de este medio del que quiero escribir.
Hay tanta y tanta información que nos aturde y que la mayoría de las veces, solemos pasarla a otro sin deternernos a reflexionar si eso que vamos a reenviar es cierto y está comprobado.

Recuerdo que hace unos años, cuando lo único que habia era la radio, se radiaban los seriales o radionovelas, lo que actualmente se está viendo en televisión.

En aquella época, me sorprendía escuchar conversaciones sobre los locutores de las radionovelas, entre las amas de casa seguidoras acérrimas y leales de sus novelas. En las charlas vecinales, se llegaba a discutir el futuro de los personajes, como si éstos fuesen de verdad y de ahí se pasó a creer firmemente lo que decía “la radio”.

Después la televisión tomó el testigo, ante cualquier invento raro, o artilugio o descubrimiento dudoso, se apresuraban a alegar en tono seguro y firme “lo han dado en la tele”. ¡Ya está, sentencia de juez!

Y ahora…, ahora pasa lo mismo, pero esta vez es en internet. Y además con anonimato y alevosía.

Los que llevamos años en esto, sabemos sobradamente que la niña que necesitaba un riñón era tan bulo como la carta que si reenvias tendrás una agradable sorpresa (la de que no pasa nada en absoluto).

Esas al menos, las cadenas, digo, son únicamente un medio de conseguir correos para posteriormente acribillarnos a spam. Pero siguen siendo inofensivas.

A los envios que me quiero referir son a esos en los que se asegura (sin ningún tipo de comprobación científica, ni organización seria que lo avale) que determinada frutas, plantas, pastillas o tubérculos del Tibet, o de donde sea, curan gravísimas enfermedades, léase las que más pavor despiertan.

Esos envios, casi siempre en presentación de power point, son en si mismos el envio más perjudicial, sobretodo para las álmas angustiadas por estar cursando estas enfermedades o sus familias ansiosos por ayudarles.

¿Qué no estarían dispuestos a creer para poder hallar mejoría o sanación a sus males?

Pero… el que los envía sin pararse a analizar o comprobar su veracidad, está desatendiendo su responsabilidad, está amparándose en que otro se lo envió y “seguro que viniendo de fulanito, es cierto” Igualito que a fulanito se lo reenvio un contacto encantador de facebook. Vale, ellos lo han recibido…pero la decisión de reenviarla de nuevo es únicamente tuya.

La mayoría de los usuarios, piensan que posiblemente es verdad y por si acaso ¡clic! Ya lo mandaron… así sin más.

Y así sin más, se difama una medicina que ha salvado millones de vida con los antibióticos, la insulina, las vacunas varias, etc. No creo que sea necesario enumerar las ingentes medicinas elaboradas durante años por personas que se quemaron las pestañas (literalmente) en las largas noches de laboratorio.

Para pretender que los espárragos (recibí este mensaje hace unos meses) curaban el cáncer. O la guayaba…
Al que me lo envió, desde aquí, le invito a que cuando le duela una muela cariada ¡que se coma una papaya! (seguro que correrá a tomarse un nolotil).

La responsabilidad es la consecuencia de la madurez, de la conciencia y coherencia.

Seamos responsables, utilicemos este medio tan versátil para difundir la verdad. No permitamos que el anonimato de una pantalla, anule nuestra facultad de discernir y por lo menos antes de cliquear el reenvio de uno de esos “maravillosos” remedios, tomémonos la molestia de hacer una buena búsqueda en el famoso google. Al menos habremos hecho el intento de comprobarlo y si al final, no estais seguros, ante la duda, el ya famoso “abstente”.


Maria Dolors

domingo, 16 de enero de 2011

Incoherencias



Incoherencias

He observado en muchas ocasiones gestos, actitudes emocionales e incluso algún comentario  no correspondiente a la situación que se está viviendo.

Por ejemplo: en un encuentro con una vecina, que al parecer se “interesaba” por el estado de salud de mi esposo, tras una intervención quirúgica.Después de informarla de su estado y al hacer el intento de preguntarme cómo estaba yo con todo ello, sin que yo a penas hubiese abierto la boca, comentó con aire jocoso “ ¿Y tú, aguantando verdad?" Acompañándolo de una carcajada.

Creo que fue la primera vez en mi vida que fui capaz de preguntar directamente, qué es lo que le parecía tan gracioso ¿Mi aguante? O la intervención quirúrgica… o ¿qué?

La vecina, se quedó un tanto sorprendida e inmediatamente buscó la razón de su reacción sin encontrar una explicación lógica.
La única que le pareció aceptable, fue decirme que seguramente si ella estuviese viviendo mi experiencia, procuraría hacerlo con humor.
Un argumento sin peso y lo que es peor, con intento de “suplantación de mi vivencia” ya que nadie que no viva una experiencia puede suponer cómo sería vivirla, y mucho menos cómo lo vive otra persona.

Es un ejemplo vivido en primera persona, pero lo que quiero plantear aquí, es la cantidad de veces en las que nos vemos inmersos en conversaciones en las que nuestros interlocutores o tal vez nosotros mismos, las acompañamos de reacciones emocionales o gestos incoherentes.

En otra ocasión, encontré en la calle a una conocida, que estaba pasando por el proceso de una larga enfermedad. Me interesé por su estado y para mi sorpresa, me dio una larga explicación, acompañándola con una inmensa sonrisa en la boca.  ¿Acaso la hacía feliz estar enferma? Oh, se sentía feliz al poderla compartir… o ¿Cuál era el motivo de su expresión facial?

¿A qué se deben estas incoherencias?

Ante algo triste ¿sonreír?
Ante un buen logro ¿minusvalorar?
Ante un éxito ¿minimizar
Ante un obsequio, ¿bromear sobre su valor?
Entre otras muchas.

Y lo más importante, ¿Por qué no somos capaces de encarar?

Creo que sería realmente enriquecedor para todos, que ante una  actitud incoherente, preguntemos, con tranquilidad, sin carga emocional, el motivo de ésta.

La resolución de la incoherencia, aportará conexión profunda entre los interlocutores, ya que ambos podrán “darse cuenta” de la procedencia de ésta.

Maria Dolors Pozo



jueves, 6 de enero de 2011

Soledad



Seamos sociales o no; con una vida social intensa o parca, es decir tengamos la tendencia social que tengamos, invariablemente en algún momento de nuestra vida nos ha visitado la soledad o la sensación de sentirnos solos, aislados.

¿Cómo es que nos invade esta sensación?

En ocasiones coincide con una ruptura amorosa, y éste no es el caso. Se puede comprender perfectamente que después de una ruptura amorosa, se viva un completo duelo e incluso la sensación de total abandono. Esto es puntual. Pero la mayoría de las veces no es así. La mayoría de las veces el sentirse sól@ no tiene que ver con rupturas o con la cantidad de relaciones que sostengamos en nuestra vida, tiene que ver en cómo no relacionamos con estas.

Si estas pasando por uno de esos momentos, en los que te parece que nadie te comprende o que te sientes apartada del “mundo”, vale la pena que te detengas y te preguntes “¿a quién he apartado yo de mi vida?” , ¿Por qué? Y ¿Para qué?

A veces no somos conscientes de que nos apartamos de nuestros familiares, amigos o conocidos en busca de una perfección en las relaciones dejando de lado las “únicas” relaciones que por el momento tenemos, argumentando en nuestro interior que son relaciones de alguna manera “no aptas”. En realidad estamos proyectando nuestras deficiencias en los otros, sin tener en cuenta que “los demás” son perfectos. Están en su punto evolutivo personal y que es únicamente nuestra censura, crítica y falta de aceptación del otro lo que nos hace considerarlos “no aptos” para nosotros.

Este mecanismo actúa de forma muy sútil, pero implacable llevándonos inexorablemente a la sensación de soledad ya que de hecho lo que hacemos comportándonos de esta forma, es “aislarnos” apartándonos y sufrir en primera persona lo que en realidad estamos haciendo a los demás.

No hace falta argumentar mucho para comprender que detrás de esta actitud hay mucho orgullo, ya que si apartamos a los demás desdeñosamente, nos colocamos en una posición de ser “mejores” o “diferentes”, aunque a veces esté disfrazado de la sensación de sentirse “incomprendido” o del convencimiento de que será muy difícil encontrar a alguien con quien compartir nuestros sentimientos o inquietudes. Este comportamiento no sólo nos aisla sino que puede empujarnos a un camino que desembocará en una posible depresión.

Aislarnos ocasionalmente para reflexionar o sencillamente para reencontrarnos con nosotros mismos es aconsejable y recomendable, pero no ser capaces de relacionarnos sanamente con nuestro entorno es un síntoma inequívoco de que algo anda mal en nuestro interior.

¿De verdad somos tan diferentes de nuestros semejantes? Seguro que no.

María Dolors


lunes, 3 de enero de 2011

La necesidad de exagerar

La necesidad de exagerar

¿Se han dado cuenta de la tendencia de algunas personas de exagerar sus emociones, sentimientos o grados de relación interpersonal?

Asi, cuando se están refiriendo a alguien que visiblemente conocen de pasada, pertinazmente, suele decir “somos muy amigos”. ¿Qué se pretende con esto? ¿Hacer creer al otro una amistad inexistente? O tal vez obecede a afirmar lo que le gustaría que fuese, aunque tan sólo sea para impresionar a su interlocurtor. Porque el que afirma este grado de relación, “sabe” perfectamente cual es la realidad.

A mi me parece que la necesidad de exagerar el grado de relación o el ir insistiendo mucho en el cariño o amor que se le tiene a alguien, suele venir de personas que tienen cierta dificultad en “sentir” y para poder contactar con sus auténticos sentimientos, los exageran, los realzan, incluso se atribuyen grados de parentescos inexistentes como “somos como hermanos” o “te quiero como a una hija/o”. etc

Me pregunto, entonces, a sus familiares más directos o allegados ¿Qué les dirán? Te quiero como a Dios… o ¿cómo los quieren?

Está claro que no hay ninguna mala intención en estas actitudes, únicamente a fuerza de utilizar verbalmente las demostraciones afectivas, con personas por las que realmente no “sienten” tanto afecto. Cuando se enfrentan ante otras por las que tal vez,  sientan por ellas más cariño, tienen que exagerar sus demostraciones para que sean creibles (especialmente para si mismas)

Hay muchas personas que tienen dificultades a la hora de expresar emociones o demostraciones afectivas y precissamente suelen ser las que tienen mucho más contacto interior con el sentir. A estas tal vez les vendría bien “exagerar” un poquitín para soltarse en las demostraciones.

En cambio a los emocionales, a los que se sienten compulsados a “elevar la nota”. A estos les vendría bien tomarse un tiempo, centrarse en la zona del corazón y dejarse sentir en profundidad, para detectar claramente el grado de la emoción que sienten y posteriormente expresarla, intentando ajustarse más a lo que realmente sienten.

Mª Dolors Pozo

domingo, 5 de diciembre de 2010

Impaciencia - las prisas


A veces la impaciencia se apodera de mi, o mejor dicho me impaciento; esto me sucede especialmente cuando espero la llegada del autobús, o aguardo mi turno a la espera de pagar mi cuenta en el supermercado.

Muchas veces he reflexionado sobre el extraño comportamiento de mi “paciencia”. A veces elaboro con mimo y dedicación labores de aguja que casi me dejan ciega, en las que contar lo hilos diminutos de un sutil tejido, parecería la más minuciosa de las tareas y en la que la única arma posible, a parte de la muy discutida destreza, sería sin duda la “paciencia”.

¿Cómo es entonces que la pierda con tanta facilidad en otras situaciones?
Se me ocurre que tal vez, uno de los motivos podría ser la idea descabellada de que mientras “espero” no “laboro”, es decir mientras no puedo dedicar mi tiempo a nada productivo, entro en la sensación de “pérdida de tiempo”.

Si fuese así, estaría de nuevo saliéndome del vivir en presente lo que me sucede y al instalarme en el futuro (supuestamente productivo) compararía la situación y la real, la que estoy viviendo, quedaría minusvalorado y por ende la viviría como perjudicial y  de ahí la pérdida de la valiosa “ciencia de la paz”, o sea paciencia.

Una vez más, la mente, especialmente la programa, la que dejo que actúe sin conciencia, me empuja hacia el desprecio de lo que está sucediendo, presuponiendo e imaginando que existe otra situación mejor que la que estoy viviendo; sin embargo si sencillamente me entregase por completo, sin juicio, a lo que vivo, no habría posibilidad de frustración, simplemente estaría viviendo al completo el presente, extrayendo de él, sin apenas esperarlo mucho más de lo que en principio podría parecer. Si tomamos por ejemplo la fila de gente que espera para pagr en el supermercado, estando conectada totalmente con todo mi yo, podría observar lo que sucede en el entorno, como si todo fuese por primera vez, de hecho lo es; ya que nunca antes viví ese momento. El entorno, las personas, lo que percibo en su proximidad, los objetos, así cómo me siento yo misma allí.

Mª Dolors Pozo