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jueves, 6 de enero de 2011

Soledad



Seamos sociales o no; con una vida social intensa o parca, es decir tengamos la tendencia social que tengamos, invariablemente en algún momento de nuestra vida nos ha visitado la soledad o la sensación de sentirnos solos, aislados.

¿Cómo es que nos invade esta sensación?

En ocasiones coincide con una ruptura amorosa, y éste no es el caso. Se puede comprender perfectamente que después de una ruptura amorosa, se viva un completo duelo e incluso la sensación de total abandono. Esto es puntual. Pero la mayoría de las veces no es así. La mayoría de las veces el sentirse sól@ no tiene que ver con rupturas o con la cantidad de relaciones que sostengamos en nuestra vida, tiene que ver en cómo no relacionamos con estas.

Si estas pasando por uno de esos momentos, en los que te parece que nadie te comprende o que te sientes apartada del “mundo”, vale la pena que te detengas y te preguntes “¿a quién he apartado yo de mi vida?” , ¿Por qué? Y ¿Para qué?

A veces no somos conscientes de que nos apartamos de nuestros familiares, amigos o conocidos en busca de una perfección en las relaciones dejando de lado las “únicas” relaciones que por el momento tenemos, argumentando en nuestro interior que son relaciones de alguna manera “no aptas”. En realidad estamos proyectando nuestras deficiencias en los otros, sin tener en cuenta que “los demás” son perfectos. Están en su punto evolutivo personal y que es únicamente nuestra censura, crítica y falta de aceptación del otro lo que nos hace considerarlos “no aptos” para nosotros.

Este mecanismo actúa de forma muy sútil, pero implacable llevándonos inexorablemente a la sensación de soledad ya que de hecho lo que hacemos comportándonos de esta forma, es “aislarnos” apartándonos y sufrir en primera persona lo que en realidad estamos haciendo a los demás.

No hace falta argumentar mucho para comprender que detrás de esta actitud hay mucho orgullo, ya que si apartamos a los demás desdeñosamente, nos colocamos en una posición de ser “mejores” o “diferentes”, aunque a veces esté disfrazado de la sensación de sentirse “incomprendido” o del convencimiento de que será muy difícil encontrar a alguien con quien compartir nuestros sentimientos o inquietudes. Este comportamiento no sólo nos aisla sino que puede empujarnos a un camino que desembocará en una posible depresión.

Aislarnos ocasionalmente para reflexionar o sencillamente para reencontrarnos con nosotros mismos es aconsejable y recomendable, pero no ser capaces de relacionarnos sanamente con nuestro entorno es un síntoma inequívoco de que algo anda mal en nuestro interior.

¿De verdad somos tan diferentes de nuestros semejantes? Seguro que no.

María Dolors


lunes, 3 de enero de 2011

La necesidad de exagerar

La necesidad de exagerar

¿Se han dado cuenta de la tendencia de algunas personas de exagerar sus emociones, sentimientos o grados de relación interpersonal?

Asi, cuando se están refiriendo a alguien que visiblemente conocen de pasada, pertinazmente, suele decir “somos muy amigos”. ¿Qué se pretende con esto? ¿Hacer creer al otro una amistad inexistente? O tal vez obecede a afirmar lo que le gustaría que fuese, aunque tan sólo sea para impresionar a su interlocurtor. Porque el que afirma este grado de relación, “sabe” perfectamente cual es la realidad.

A mi me parece que la necesidad de exagerar el grado de relación o el ir insistiendo mucho en el cariño o amor que se le tiene a alguien, suele venir de personas que tienen cierta dificultad en “sentir” y para poder contactar con sus auténticos sentimientos, los exageran, los realzan, incluso se atribuyen grados de parentescos inexistentes como “somos como hermanos” o “te quiero como a una hija/o”. etc

Me pregunto, entonces, a sus familiares más directos o allegados ¿Qué les dirán? Te quiero como a Dios… o ¿cómo los quieren?

Está claro que no hay ninguna mala intención en estas actitudes, únicamente a fuerza de utilizar verbalmente las demostraciones afectivas, con personas por las que realmente no “sienten” tanto afecto. Cuando se enfrentan ante otras por las que tal vez,  sientan por ellas más cariño, tienen que exagerar sus demostraciones para que sean creibles (especialmente para si mismas)

Hay muchas personas que tienen dificultades a la hora de expresar emociones o demostraciones afectivas y precissamente suelen ser las que tienen mucho más contacto interior con el sentir. A estas tal vez les vendría bien “exagerar” un poquitín para soltarse en las demostraciones.

En cambio a los emocionales, a los que se sienten compulsados a “elevar la nota”. A estos les vendría bien tomarse un tiempo, centrarse en la zona del corazón y dejarse sentir en profundidad, para detectar claramente el grado de la emoción que sienten y posteriormente expresarla, intentando ajustarse más a lo que realmente sienten.

Mª Dolors Pozo

domingo, 19 de diciembre de 2010

El árbol feo


EL ARBOL FEO

De todos los abetos vendidos  en la tienda de adornos de Navidad, Únicamente había quedado el menos agraciado; lucía con ramas separadas, sin fronda, se diría que raídas, incluso si se le miraba bien hasta parecía que su extremo superior cayera cual cara cabizbaja.
Por lo visto ningún comprador se sintió atraído por él y al mirarlo uno se decía que era la mismísima imagen del frío y el desamparo.
El vendedor, no sabía qué hacer. Se frotó la barbilla pensativo y dudó entre trocearlo para fuego o... - ¡Pero ¡claro!, -(pensó),  como estaba verde no ardería con facilidad.
Dudó..., de hecho se habían agotado las existencias y este abeto solitario le estorbaba.
Finalmente pensó que lo dejaría en la calle, a la entrada de la tienda, tal vez algún rezagado pudiera aprovecharlo, desde luego él no iba a esperar más tiempo para su venta, sus pingües beneficios le permitían cerrar el negocio y marcharse a su casa a disfrutar de la Noche Buena con su familia.
Si, (se dijo) lo haré, lo abandonaré en la puerta.
El abeto sintió el desprecio en su corazón de árbol. Sintió ser el más mísero y desgraciado Árbol de Navidad del mundo. Bajó su autoestima hasta tal punto que sus ramas descendieron, si cabe, unos centímetros más. Realmente parecía un árbol abatido. En su interior pensó que su existencia había sido totalmente en vano, no podría cumplir la misión para la que fue cultivado: Un Árbol de Navidad, alrededor del cual niños y mayores se acercarían para celebrar una época tan maravillosa del año, motivo de admiración y alegría...
Nadie colgaría de sus ramas bellos objetos, lazos, campanillas, estrellas...

Sin más dilación, el propietario agarró el árbol y lo depositó a la entrada de la tienda. Miró al cielo con un escalofrío ya empezaban a caer algunos copos de nieve, se subió el cuello del abrigo y apretó el paso hacia su hogar.

Pasaron unas horas y la temperatura cada vez era más baja. El Abeto  sintió como sus ramas se iban congelando y dejó de sentir tristeza y dolor. La nieve caía mansamente, sin viento y justo cuando tocaba sus ramas se amontonaba grácilmente, formando extrañas formas.

Clareaba ya el día de Navidad y un paseante madrugador se topó con el ahora magnifico árbol, casi cubierto de nieve pero con unas formas extrañas en cada rama que parecían sostener esculturas. El transeúnte se apartó unos metros para contemplar aquella extraña figura. Su boca se abrió con admiración y exclamó un gran Ohhh.

Al apartarse pudo ver como todos los símbolos de la Navidad se podían contemplar modelados en hielo: arriba en la cúspide una estrella blanca, luciendo perlas de agua. En otra rama: un niño en su cuna, en la otra algo parecido a una oveja pastando, más allá su pastor, en la otra un hermoso Ángel con sus alas desplegadas; Más abajo tres reyes Magos.
Rodeó el árbol y fue descubriendo figuras y más figuras y lo más hermoso: el sol incipiente en el horizonte arrancaba destellos dorados al árbol.

Las horas pasaron y lentamente se reunió una gran multitud admirando aquel extraordinario árbol de Navidad.

Mª Dolors Pozo






miércoles, 8 de diciembre de 2010

Carta a una amiga



Querida Lidia,
Ayer fue el día de la amistad y justamente me telefoneaste para contarme, una vez más, lo mal que te sentías.
Como casi siempre, te escuché y procuré decirte aquello que considero necesitas escuchar, pero hoy, desde este lugar, que tango quiero, deseo decirte algunas cosas, que a veces por teléfono o en persona resultan un tanto difíciles de decir.
Lidia, hay un momento de la vida en el que ya no podemos buscar a fuera de nosotros, no hay nadie que puede vivir tu vida o que pueda meterse en tu piel para sentir, tanto sea dolor, tristeza como alegría y dicha.
Solamente metiéndote, de verdad en tu interior y sintiendo toda la gama de las emociones y sentimientos, llegarás a la verdad, a la tuya, que es única.
Si cuentas una y otra vez tus conflictos a los demás, estos opinan proyectando en ti sus propias dificultades, no están libres de vivirlas y aunque sea de buena fe, lo único que conseguirás es estar más confundida, porque al escuchar y creer en otros, te olvidas definitivamente de ti.
Recuerda que para saborear algún manjar, únicamente sabrás a que sabe si lo comes.
También hay que correr el riesgo de equivocarse, de pedir perdón y sobre todo de vivir de primera mano tu propia vida. Si no, si vives a través de otros, bien sea por consejos o por lecturas o por cualquier otra influencia ajena a ti, dejas de ser tu para vivir desde otro ser.
Cuando hablas y hablas, huyes de sentir, te pierdes en la mente, que todo lo complica. El dolor se disipa o termina si lo sientes, si lo vives. Lo mismo que cualquier otra emoción.
Es hora ya de que crezcas, que actúes, que te responsabilices de tu vida, en su totalidad, con las carencias, con los conflictos y con lo que HAY, porque eso es lo que la vida te está pidiendo AHORA. El futuro no existe. El hoy es el resultado del ayer, y el futuro será el resultado de hoy.
Métete de lleno a vivir, deja de pensar y sobretodo ama, ama y ama, esa es la salida. Amate como eres, ama a los demás como son. Ama su esencia, olvida su personalidad. No te enredes con el ego.
Intentar cambiar a los demás y al mundo te lleva directamente a la enfermedad, porque no existe el cambio, existe el crecimiento y el comportamiento nace de ahí­ del estado evolutivo. Únicamente puedes cambiar a través de crecer, pero eso será a TI MISMA, los demás tienen la libertad, el libre albedrío de crecer o no.

Con  amor fraternal

Maria Dolors Pozo

domingo, 5 de diciembre de 2010

Impaciencia - las prisas


A veces la impaciencia se apodera de mi, o mejor dicho me impaciento; esto me sucede especialmente cuando espero la llegada del autobús, o aguardo mi turno a la espera de pagar mi cuenta en el supermercado.

Muchas veces he reflexionado sobre el extraño comportamiento de mi “paciencia”. A veces elaboro con mimo y dedicación labores de aguja que casi me dejan ciega, en las que contar lo hilos diminutos de un sutil tejido, parecería la más minuciosa de las tareas y en la que la única arma posible, a parte de la muy discutida destreza, sería sin duda la “paciencia”.

¿Cómo es entonces que la pierda con tanta facilidad en otras situaciones?
Se me ocurre que tal vez, uno de los motivos podría ser la idea descabellada de que mientras “espero” no “laboro”, es decir mientras no puedo dedicar mi tiempo a nada productivo, entro en la sensación de “pérdida de tiempo”.

Si fuese así, estaría de nuevo saliéndome del vivir en presente lo que me sucede y al instalarme en el futuro (supuestamente productivo) compararía la situación y la real, la que estoy viviendo, quedaría minusvalorado y por ende la viviría como perjudicial y  de ahí la pérdida de la valiosa “ciencia de la paz”, o sea paciencia.

Una vez más, la mente, especialmente la programa, la que dejo que actúe sin conciencia, me empuja hacia el desprecio de lo que está sucediendo, presuponiendo e imaginando que existe otra situación mejor que la que estoy viviendo; sin embargo si sencillamente me entregase por completo, sin juicio, a lo que vivo, no habría posibilidad de frustración, simplemente estaría viviendo al completo el presente, extrayendo de él, sin apenas esperarlo mucho más de lo que en principio podría parecer. Si tomamos por ejemplo la fila de gente que espera para pagr en el supermercado, estando conectada totalmente con todo mi yo, podría observar lo que sucede en el entorno, como si todo fuese por primera vez, de hecho lo es; ya que nunca antes viví ese momento. El entorno, las personas, lo que percibo en su proximidad, los objetos, así cómo me siento yo misma allí.

Mª Dolors Pozo